La vida a bordo

Organización

Para que el barco estuviera atendido durante las veinticuatro horas del día existía un sistema de turnos cada cuatro horas aproximadamente. Tanto lo marinos como grumetes y oficiales lo conocían perfectamente y se respetaba escrupulosamente.

Un grumete era el encargado de avisar sobre la hora. Cada media hora, medida con la ampolleta, comunicaba a todo el barco la hora. Había momentos en los que esta medición se desajustaba. Para ajustarla se esperaba al mediodía, comprobando la sombra del sol, que debía tocar el norte de la aguja de marear (brújula) a las doce en punto. De esta manera podían ajustar la ampolleta y conocer la hora de una manera bastante exacta.

El grumete que comunicaba la hora, según cual fuese el momento del día, acompañaba el aviso con una canción. El grumete que había estado de guardia desde las tres de la mañana, al dar la vuelta a la ampolleta entonaba:

Bendita sea la luz y la santa Veracruz,
Y el señor de la verdad y la Santa Trinidad.
Bendita sea el alma, y el Señor nos la manda,
Bendito sea el día el Señor que nos lo envía.

Al llegar el día comenzaba la actividad en el barco. Cada turno de guardia ocupaba su puesto. El timonel que terminaba la guardia indicaba el rumbo al capitán y éste se lo comunicaba, a su vez, al nuevo timonel. Tanto en popa como en proa se ubicaba un vigilante. Los marinos que terminaban la guardia plasmaban los cálculos de velocidad y distancia recorrida en el diario de abordo.

El día a día

Cuando la tripulación se despertaba, lo primero que hacían era estirar la ropa. Generalmente dormían con la misma ropa que utilizaban durante el día. Después se lavaban la cara y las manos con agua que cogían del mar. Muy pocas veces se desnudaban o bañaban. La higiene de los marinos no era diferente a la higiene de la época, lo cual nos puede dar una idea del olor que podía haber en los barcos. En contadas ocasiones se bañaban en el mar. En esta época no existía la costumbre de bañarse ya que se pensaba que el agua podía introducirse en el cuerpo dañando los humores internos y enfermándolo.

Bajo cubierta, el aire se renovaba abriendo las escotillas durante el día. Pero si había temporal debían de permanecer cerradas. Además, si había animales a bordo, éstos debían convivir tanto en cubierta como bajo ésta.

La principal tarea a realizar era la de cuidar el barco ya que éste era la casa de todas las personas que iban abordo. Siempre había algo que hacer y de lo que estar pendiente. Las tareas más habituales eran la limpieza de las cubiertas, reparar e izar las velas, mantener las jarcias (cuerdas), reponer las que estaban estropeadas, revisar los aparejos, hacer pequeñas reparaciones en el barco…

Todos los días se comprobaban las velas y para ello se agitaban. De esta manera se sabía si estaban en perfectas condiciones o no. Otra de las tareas que debían realizar era achicar el agua,para ello utilizaban bombas de achique. De estas tareas se encargaban, generalmente, carpinteros y calafates.

La comida

El equipaje que llevaban los marinos era muy reducido. Cada uno guardaba sus enseres en un baúl que en muchas ocasiones tenían que compartir con sus compañeros.

En esta época no existía ningún tipo de indumentaria común que los distinguiera. Generalmente la ropa que utilizaban estaba hecha de lana.

En cuanto a la alimentación, se cree que la única comida que se hacía era la del mediodía. No existían personas encargadas de preparar la comida sino que algunos marinos más mayores, ayudados por grumetes o pajes, hacían la comida. Para ello utilizaban todo lo que hubiera disponible en el barco. Se guisaba en enormes calderos que se colocaban sobre unos hierros en el fogón. El fogón estaba situado sobre una base de tierra con carbón y brasas. Al encender el fuego había que tener mucho cuidado ya que se podía provocar un incendio y destruir la nave.

Por ello, era el único lugar donde se podía encender fuego. Lo cual nos indica que cuando los marinos tuvieran la ropa mojada no había ningún lugar en el que pudiesen secarla. Los capitanes y oficiales tenían una despensa aparte del resto. De esta manera evitaban la monotonía de la dieta de los marinos. Su alimentación era más variada y rica en frutas, verduras, carnes y pescados.

La enfermedad

La persona que se encargaba de los enfermos era el boticario o barbero. Contaba con algunos remedios y ungüentos que aplicaba a su criterio para aliviar los síntomas de las enfermedades. No nos olvidemos de las heridas y traumatismos de quienes emprendían aventuras por tierra. Nos referimos a los causados por flechas, lanzas y piedras. En algunos casos existía un cirujano que posiblemente había aprendido su oficio en campañas militares de Europa y sabía extraer objetos, cicatrizar, coser, cortar tejidos o miembros.

Durante las travesías había una serie de factores temidos por los navegantes. Nos referimos principalmente a los factores climatológicos.

Existía gran cantidad de peligros a los que hacer frente, teniendo en cuenta que navegaban por lugares desconocidos y que las cartas náuticas no existían.

Para los marinos del siglo XVI existían islas que sólo eran verdaderas en los sueños o en su imaginación. Nos referimos a las islas Amazonas, la isla de las Siete Ciudades, o la de Samborondón que no existían realmente pero que para ellos eran reales y sobre ellas se oía hablar a muchos marinos.

Supersticiones y religión

Temían llegar a islas donde no se cumplieran las leyes físicas y naturales a las que ellos estaban acostumbrados. Al temor se unía cierto deseo de conocer estos temidos y oscuros mares verdes, llenos de monstruos, de los que tanto habían oído hablar. Se creía que en determinadas zonas los hombres se tornaban negros, donde había ríos de fuego que descendían de las montañas y donde el mar estaba tan caliente que era capaz de quemar las naves.

El miedo a lo desconocido y la fe en lo extraordinario hacían que fuesen sumamente religiosos y muy supersticiosos. Eran dados a hacer promesas para librarse de males imaginarios o reales que luego cumplían, cuando desembarcaban, en forma de procesiones o donativos a determinadas vírgenes o santos.